Carta pública al Dr. Manuel Gil Antón
Estimado Dr. Gil Antón:
Te enviamos un cordial saludo y nuestro más grande reconocimiento por tu constante contribución al análisis educativo en México. Desde hace años, tus columnas han tenido un efecto invaluable: poner frente a la opinión pública problemas estructurales que suelen quedar confinados a aulas académicas, informes técnicos o conversaciones especializadas.
Tu reciente texto “Estar en la escuela: destinos desiguales” (publicado en El Universal) nos interpela con claridad y solidez intelectual. La secuencia estadística que reconstruye —desde el ingreso a primaria hasta la culminación de la educación superior— es tan simple en apariencia como brutal en significado: de cada cien niñas y niños, apenas una parte logra recorrer la ruta que la Constitución reconoce como obligatoria y universal. Ese dato, presentado en clave humana y no solo numérica, incomoda como debe incomodar una verdad que el país ha normalizado.
En ORIENTA coincidimos contigo con el sentido de urgencia que plantea: la exclusión educativa no es un fenómeno marginal, sino el resultado acumulado de desigualdades persistentes que la escuela, en lugar de corregir, reproduce o amplifica.
Al mismo tiempo —y lo planteamos con espíritu de diálogo más que de disenso— nos gustaría ampliar una parte del planteamiento final de tu columna: la idea de que la solución requiere, ante todo, una figura con visión de estadista y liderazgo excepcional.
Entendemos, como nos los has recordado en múltiples conversaciones previas, que el espacio de una columna en prensa escrita obliga a la síntesis y a tomar decisiones discursivas que dejan fuera matices y complejidades. Una columna no es un ensayo, ni una ponencia, ni un proyecto de nación: es una chispa que prende o motiva el inicio de la conversación colectiva.
Mi reflexión complementaria no es un cuestionamiento a tu intención, sino una invitación a continuar la discusión en una dirección que considero conveniente y necesaria.
El desafío educativo que enfrentamos no es únicamente —ni principalmente— una cuestión de voluntad individual. El problema no radica en la ausencia de una figura iluminada, sino en la ausencia de un Estado capaz de sostener políticas públicas estables, equitativas y transexenales. Es decir: No es falta de voluntad: es falta de Estado.
Las transformaciones educativas duraderas en el mundo —Portugal, Uruguay, Ontario, Finlandia, Corea del Sur— no surgieron de una persona providencial, sino de acuerdos amplios, instituciones fuertes, participación social y compromisos sostenidos más allá de los ciclos electorales.
Considero que tu columna abre precisamente ese espacio: el reconocimiento de la magnitud del problema y la urgencia de construir un horizonte común que no dependa del liderazgo excepcional, sino de la responsabilidad pública compartida.
Agradezco tu trabajo, tu persistencia y tu voz —siempre necesaria— en tiempos en que el debate público corre el riesgo de volverse superficial, binario o complaciente.
Quedamos abiertos a continuar este diálogo con el rigor, la esperanza y la seriedad que la educación del país merece.
Con respeto te reiteramos nuestra admiración y reconocimiento.
ORIENTA
Instituto Mexicano de Orientación y Evaluación Educativa, S.C.