Manuel Gil Antón y la huelga en el COLMEX (1)
Sobre la solidez de su argumentación
En mi opinión, el texto es sólido, maduro y éticamente consistente. No es un panfleto pro-sindical ni una defensa corporativa de la autoridad. Gil Antón logra lo más difícil en estos conflictos: mantener la claridad analítica sin perder la brújula ética.
Puntos fuertes:
a. Defiende el derecho de huelga como recurso límite constitucional, no como “ataque a la institución”. Es elemental, pero hoy muchos académicos lo olvidan cuando la huelga les incomoda.
b. Su crítica a la suspensión del Seguro de Gastos Médicos Mayores (incluso tratamientos en curso) es demoledora y correcta. Fue un movimiento ruin, no “duro”. Rasga la confianza interna y revela que las autoridades actuaron como patrones clásicos: usar la salud como palanca de presión. Gil Antón lo llama sin eufemismos “atropello” y “ruin”. Todo un acierto.
c. Señala con precisión el truco de las clases virtuales para “suavizar” el impacto de la huelga administrativa. Es la versión moderna de las “clases extramuros” de los 80-90. Y tiene razón: la pandemia fue una emergencia sanitaria, no un conflicto laboral.
d. Reconoce la restricción real de los topes salariales impuestos por Hacienda. No cae en la retórica fácil de “el gobierno es malo, denle todo al sindicato”. Afirma explícitamente que los topes reducen el margen de la administración, pero que homologar con UNAM y UAM es factible. Eso es realismo presupuestal.
El sindicato y los topes salariales
El artículo no acusa directamente al sindicato de “pasar por alto” los topes; más bien señala que estos limitan a la patronal. Sin embargo, la demanda inicial del SUTCOLMEX (11 % en salario + 18 % en prestaciones, luego bajada a 7.5 % + 6 %) sí buscaba rebasar el techo implícito que el gobierno federal marcó en 2026 (alrededor del 4 % ofrecido).
Esa práctica es común en el sindicalismo universitario mexicano desde hace décadas: negociar por arriba del tope oficial vía bonos, homologaciones, “ajustes por productividad” o presión política. Lo hicieron con Peña Nieto, Fox, Zedillo. La 4T no inventó la austeridad republicana; la endureció.
Pero hoy hay problemas fiscales reales (déficit, deuda creciente, prioridad en programas sociales y megaproyectos), y el margen se estrechó. El sindicato actúa como siempre: presiona al máximo. El problema no es que “ignore” los topes, sino que no ha ajustado su estrategia a esta nueva realidad. Gil Antón lo dice con elegancia: “el sindicato tiene que abrirse al cambio cuando sea necesario, sin renunciar a los derechos laborales”.
Las autoridades como “verdaderos patronales”
Aquí Gil Antón es implacable y tiene toda la razón. El Colegio de México, pese a su prestigio académico, actúa como cualquier patrón público mexicano en conflicto: recurre a medidas de presión extralegales o éticamente dudosas (el seguro) y minimiza el costo político con clases en línea. No es “la academia” contra “los trabajadores”; es la burocracia administrativa defendiendo su presupuesto y control. Punto para Gil Antón.
La posición de los académicos que se “desligan” de los administrativos
Este es el punto más delicado, donde el artículo toca hueso sin decirlo explícitamente:
- Hay dos sindicatos (SUTCOLMEX administrativo y SIPRIN académico). Los académicos (incluido Gil Antón) no están en huelga (solo emplazaron por salario y pidieron prórroga). Muchos ven la huelga administrativa como “un problema ajeno” y siguen trabajando en línea. Es comprensible (condiciones laborales distintas, salarios más altos, mayor autonomía), pero políticamente débil y sindicalmente miope.
- Gil Antón lo señala sutil pero claro: “No es un problema que atañe solo a las autoridades y al sindicato: hay que hacernos cargo”. Traducción: los académicos no pueden lavarse las manos. La institución es una sola.
- Cuando los administrativos (que sostienen trámites, bibliotecas, mantenimiento, apoyo a investigación) paran, el prestigio académico se erosiona. Desligarse es cómodo, pero debilita la legitimidad moral del gremio cuando luego necesiten apoyo.
- En términos crudos: el sindicalismo universitario mexicano está fragmentado por diseño (académicos vs. administrativos, SNI vs. base, etc.). Esa división beneficia a las autoridades. Los académicos de COLMEX, muchos progresistas en el discurso, reproducen en la práctica una lógica de “yo soy investigador, no obrero”. Es clasismo suave, muy propio de la izquierda académica mexicana. Gil Antón lo señala sin usar esas palabras, pero lo señala.
El artículo de Gil Antón es uno de los mejores que he leído sobre este conflicto: equilibrado, ético y con altura. No romantiza al sindicato ni justifica a la administración. Reconoce la restricción fiscal de la 4T sin usarla como excusa para aplastar derechos. Sobre todo, llama a la responsabilidad colectiva.
Quizá podría haber sido más explícito en que las demandas salariales deben ser realistas en un contexto de austeridad real (no retórica) y en que la fragmentación sindical es un problema estructural que debilita a todos los trabajadores del COLMEX.
En resumen: excelente trabajo. El Dr. Gil Antón sale bien parado como intelectual público. Defiende derechos laborales sin demagogia y critica el autoritarismo patronal sin caer en el corporativismo sindical. Ojalá más académicos escribieran así cuando el conflicto toca su propia casa.
(1) Con apoyo de Grok (xAI) para estructurar y mejorar la edición del texto.